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«No puedo parar de crear, soy un creador»

En la clase de la semana pasada, que básicamente consistió en el visionado del documental «Un día en elBulli» en el que se cuentan los entresijos e implicaciones de trabajar en una factoría de creatividad aplicada a la cocina, se propuso como actividad una entrada en el blog de cada cuál hablando sobre creatividad y humanidades.

Para un amante del humor surrealista como yo es difícil ver un documental acerca de Ferrán Adriá y no rememorar una y otra vez el magistral sketch de Muchachada Nui, dignos herederos de los maestros Monty Python. Sobre todo cuando el cocinero –que es lo que en última instancia él defiende ser a capa y espada– proclama que no puede parar de crear, que él es un creador, o que él es el compositor y los pobres pinches de cocina los meros intérpretes. Buena analogía, no lo dudo, pero algo soberbia quizás. Dejo un momento el vídeo para que lo disfruten pero advierto que casi al final igual desvaría un poco.

El humor, conducto social desde al menos el año 1900 antes de Cristo –o eso dice al respecto Paul McDonald de la Universidad de Wolverhampton–, y da la sensación que desde que existe el lenguaje, es una parte importante de nuestras vidas. No sólo por las implicaciones fisiológicas que la risa parece tener, como consecuencia del humor, sino incluso en un sentido casi existencial. Decía Nietzsche que «el hombre sufre tan profundamente que ha debido inventar la risa»; tristemente hay quienes están ya incluso demasiado aturdidos como para reírse en lugar de llorar, según la definición de Joseph Klatzmann. En su «Análisis de la Comicidad», José Serra Masana defiende que la comedia también induce a la catarsis del espectador a través de la risa y el distanciamiento pero de un modo inversamente proporcional a como la tragedia lo hace con las compasión y las lágrimas. Obviamente cualquiera de los expertos en comedias puede darme los matices correspondientes sobre este asunto del que sólo reflejo lo que leo.

Lo importante, más allá del efecto conseguido de supuesta purificación, es la multitud de ingredientes para la fórmula del humor. Desde los verbales capaces de manejar toda la retórica existente, dominarla y someterla en beneficio de su propio fin hasta el humorismo de situación de los tartazos y los resbalones. Entran entonces viejos actores en nuevos escenarios con todo un arsenal de usos. El oxímoron, por ejemplo, cobra una nueva vida en los chistes gráficos y memes de Internet. E incluso se generan, por el procedimiento de copia de patrón y cambio de detalles, miríadas de versiones a partir de un supuesto original en sitios como 4chan o tumblr. Este tipo de sitios, donde suele abundar cierto contenido de mal gusto, otras veces de índole sexual, y casi siempre tratando lo absurdo con un extraño tipo de reglas que se auto impone sin saber muy bien porqué, congregan todos los elementos para el humor negro y muy políticamente incorrecto.

Mil y una veces me ha pasado algo así

Mil y una veces me ha pasado algo así

No parece existir un tipo de humor que satisfaga a todas las personas por igual puesto que eso depende en gran medida de la sensibilidad del individuo o incluso, si me apuran, de su necesidad de integración en otro grupo mayor. Lo curioso, sin embargo, es que tanto en el humor absurdo como en el humor (muy) incorrecto da la sensación de que se presentan los mismos patrones creativos una y otra vez y que, como un algoritmo genético, se valen de las propias evoluciones de sí mismos basadas en leves mutaciones para crear nuevas instancias de las bromas que estarán mejor contextualizadas o se percibirán como nuevas, que no originales. Algo que me recuerda demasiado a lo que hablé la semana anterior sobre los gafapastas. ¿Cuánto debe modificarse algo para que no provoque rechazo? ¿Cuánto puede cambiarse un chiste sobre la Troll face para que siga siendo «gracioso»? ¿Hasta qué punto es creativo el humor absurdo?

Preguntas difíciles de responder puesto que su respuesta implicaría disponer de una forma de medir y, hasta donde yo sé, el humor no es mesurable. Finalmente parece que el contenido de este post no está muy relacionado con las humanidades. Supongo que este tipo de humor no es digno de estudio o no interesa lo suficiente. Estudiar los mecanismos sobre los cuáles a través de la experiencia multimedia se pueden inducir en los seres humanos estados de ánimo es básicamente lo que hace el humor en Internet. En mi humilde opinión, algo bastante atractivo.

En la biblioteca...

En la biblioteca...

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Miedo mainstream

Si bien es cierto que al comienzo de la clase pudimos ver la entrevista a Daniel Shiffman, autor de un libro sobre Processing, titulada «Why everyone should learn programming», rápidamente la conversación se centró, y de manera casi exclusiva, en la lectura propuesta: la obertura, los capítulos 1 y 2 y la conclusión de «Comunicación y poder. La metáfora de la sociedad-red», escrito por el sociólogo Manuel Castells, autor de la trilogía «La Era de la Información»

Daniel Shiffman from Mark Webster on Vimeo.

Durante el debate, sin embargo, me resultaron curiosos algunos comportamientos:

  1. La predominancia de las respuestas cortas, concisas y con poca retórica de aquellos con una fuerte base de ingeniería en contraste con los discursos mucho más largos, elaborados y enrevesados sin necesidad —qué diría Guillermo de Ockham— de los compañeros humanistas, algo de lo que aprender pero no algo que copiar. Deformación profesional, imagino. Cuadriculados de mentes dirán unos, pragmáticos dirán otros. A veces me pierdo, la verdad, y comienzo a divagar ante argumentos humanistas, cuesta ver a dónde quieren llegar.
  2. La sutileza del lenguaje de los humanistas a la hora de expresarse, que suelen defender su postura, algunos, comenzando con un «yo siento», abogando a los sentimientos primero para construir su postura y, luego, defenderla desde ese púlpito de humanidad. Los programadores son más de «yo creo», «yo pienso» o «me parece», aunque igual esto último responde más a una cuestión de soberbia y humildad que a un criterio de formación o cultura.
  3. Por último, desde el primer minuto de clase de la asignatura, cada vez que alguien mencionaba o hablaba sobre algo relacionado de forma directa con la programación o los ordenadores lanzaban, supongo inconscientemente, una mirada furtiva y fugaz hacia algunos de los no humanistas de la sala. Ese simple gesto involuntario dice mucho más por la concepción que los humanistas tienen de sí mismos como un grupo cerrado que toda la literatura escrita al respecto hasta ahora. Entonces me surge la duda de cómo evalúan las exposiciones que aquellos con formación técnica hacen de temas tradicionalmente humanistas, ¿volvemos a las humanidades de 1ª y de 2ª? Afortunadamente eso cada vez sucede menos o simplemente ya no me fijo. Igual era sólo una manera de captar la atención de los «informáticos» ante alguna imprecisión que pudieran cometer hablando en un terreno mayormente desconocido o porque era algo que se supone les puede interesar.

Parte I

Pero vamos a lo importante. Durante las clases, aunque sea poco participativo, suelo tomar notas en forma de mapa mental o grafo y procuro ir relacionando todo lo que considero tiene una cierta relevancia para mí. Luego esas notas me ayudan a escribir estos largos y pesados posts. No suelo hacer lo mismo mientras leo, tomo notas sobre los márgenes y guarreo un poco las fotocopias o impresos de turno. En cambio, para la última lectura, bastante amplia a decir verdad, pedí prestado el libro original, y claro, nunca me gustó «ensuciar» los libros –el que viene de una familia de varios hermanos debe comprender este punto–, así que me dediqué a hacer uno de mis mapas en papel, con la sorpresa de que en ciertos momentos del debate, cuando me disponía a escribir un término mencionado en clase o relacionar una idea descubría que ya estaba anotado. Grata sorpresa, ¿indica eso que mi lectura no está tan lejana de la de un humanista «profesional»? Ni lo sé ni me importa. Parece que finalmente mi interpretación no es tan distante de la que imaginó el Prof. Suárez que tendríamos cuando recomendó la obra de Castells.

Comienza la obertura hablando de poder pero habrá que esperar algunas páginas, hasta el capítulo 1, para llegar a una definición. Castells habla de la cultura y en cierta manera la desglosa en dos componentes fundamentales: el miedo y la identidad. La cultura del miedo y la necesidad humana por la identidad de la unidad, por un fin común son, dice, el origen del poder. Pero ese fin del que habla debe ser legitimado para que pueda ser correctamente absorbido por e implantado en la sociedad. Se hace necesaria la construcción y difusión de un significado a transmitir. Son las grandes corporaciones las que se encargan de ello, llegando a las redes globales e incluso a los locales a través del mainstream y dos de sus modelos fundamentales, aunque no únicos: la comunicación on-demand y la comunicación broadcast. Tal y como la define, la «autocomunicación de masas» estaría fuertemente ligada a estos modelos, dando quizás una falsa sensación de autonomía pero la posibilidad real del cambio. Qué contenido tendría ese cambio, esa revolución, está determinado por el mismo significado que se intenta legitimar, por el contenido, y por el contexto. ¿Pero qué sucede con lo no revolucionario? En cierto momento de la lectura se equiparan los protocolos de comunicación con la digitalización, pero no son lo mismo. Tampoco la digitalización, por sí sola, implica una difusión viral. La posibilita, por supuesto, pero esa velocidad de propagación depende en gran medida de la red, de sus coeficientes de clustering y de sus índices de centralidad. ¿Nos habría llegado la misma información sobre lo sucedido en Egipto sin la tecnología actual? ¿Ha influido de alguna manera la rápida comunicación a reforzar la revolución? Deben ser muchas las causas que hacen emerger una revolución social, pero entre ellas seguro que se encuentra el idealismo/conformismo de la sociedad en cuestión. Parece que las ciber-revueltas se están dando donde el uso de la tecnología es minoritario. Por un parte la media de edad en Egipto es de unos 24 años, mientras que en Canadá, por ejemplo, ronda los 40según la CIA–, ¿dónde creéis que es más probable que surja un movimiento? ¿En las acomodadas vidas consumistas de los canadienses o en las maltrechas oportunidades de la juventud egipcia?

Si a esto sumamos los valores del PIB de cada país, el incremento mundial del precio del trigo y la edad media para tener el primer hijo –que presupongo más baja que la Canadiense–, sólo falta agitarlo un poco y listo. No se juega con el pan de mis hijos, y menos si tengo mucho tiempo «libre» y poco que hacer. Por contra, no sé si los canadienses podrán para la nueva de tarificación de Internet que les/nos quieren imponer. Es España tampoco hemos sido capaces de parar la Ley Sinde. ¿Mal endémico? Puede, pero de países totalmente asimilados.

Imagino que la cultura de cada país juega un papel fundamental. En Norteamérica ya no se sabe qué fue antes, si el conformismo o el consumismo. Es difícil que la cultura asiente sin una educación pareja. Hoy la tecnología está cambiando la forma en que nos comunicamos y, por extensión, en la que nos distraemos. Empieza a hablarse de la educación de la atención. Si en el pasado los estudiantes se distraían tirándose papelitos con mensajes escritas, hoy lo hacen enviándose SMS’s o por twitter. Una vez leí que Internet es una extensión de la vida real, en ambos hay bibliotecas, cafés y bares, e incluso burdeles. Si educas a tus hijos para que no vayan a los barrios peligrosos, también deberías hacer lo mismo en Internet. Es decir, no se trata de un déficit de atención, sino de un problema de educación en cuanto a los contextos de uso de la tecnología. Esto determina unos nuevos protocolos sociales, tanto de pensamiento como de actuación, que cristalizan, por ejemplo, cuando Castells equipara el denostado panfleto recolucionario con los blogs. Decía Álvaro Ibánez (Alvy) de Microsiervos acerca del bloqueo a Internet de Egipto, «¿Sabes lo que pasa cuando intentas bloquear Internet en todo un país? Esto es lo que pasa», y comienza a explicar la increíble respuesta tecnológica, alta y baja, para seguir manteniendo las comunicaciones a toda costa. En la actualidad es más difícil detener los flujos de comunicación que construir un muro. La información es clave, y entender los nuevos lenguajes en los que se expresa y manifiesta se hace de imperiosa necesidad. Comentaba Juan, si no recuerdo mal, que el lenguaje siempre se ha usado como un instrumento para controlar y castigar. O lo que es lo mismo, para ejercer poder. Íntimamente relacionado con el ego, la noción de analfabetismo, sobre todo digital, no es fácil de admitir ni identificar, tanto en su origen como en su fin. Dominar la tecnología y estar en tal sentido alfabetizados es una forma de tener potestad sobre nuestras decisiones y de comprender cómo los organismos del poder intentan arrebatarnos la autonomía y reducir nuestra capacidad de elección (casos claros: telcos en Canadá, Ley Sinde en España). Hacernos, según Castells, trabajadores desechables o trabajadores auto-progamables. Todos supeditados al mainstream, capaz incluso de cambiar el concepto de gusto simplificándolo a la mera experimentación de placer y eliminando del mapa el criterio, fundamental e introducido por Lope de Vega en su «Arte nuevo de hacer comedias».

Parte II

Al hilo de la alfabetización surgió la pregunta ¿qué es estar conectado? A cuya respuesta le sigue una distinción entre los tipos de usuarios existentes. Un grupo, llamémosles activos, participa en Internet y en el mundo digital de manera interactiva, no sólo consume, sino que genera y se comunica a través de. Sin detenernos en aquellos sin acceso a la tecnología, otro grupo podría ser el de los pasivos, que sólo consume cierta información pero no contribuye a generarla, mantienen por tanto un modelo televisión de Internet. La falta de alfabetización digital crea segmentos de exclusión que podemos identificar perfectamente en los ancianos. Si bien conozco de cerca algún blog llevado por un abuelo de 84 años y todo el mundo recuerda con cariño a María Amelia, la abuela bloguera, asumo que no es la norma, por ahora; los jóvenes de hoy también serán viejos. ¿Cuál es entonces el rol de los ancianos? Pregunta que se planeta en el contexto de la Red y la sociedad de consumo. Los ancianos no son buenos consumidores para para el capitalismo, por lo que no hay mucho esfuerzo en formarlos. No son un segmento mainstream. La globalización los desdeña.

En este punto, y sin saber muy bien porqué, entra en la conversación el poscolonialismo y la academia norteamericana. Supongo que por aquello del capitalismo y la globalización, la audiencia y el mainstream. Walter Mignolo, argentino y ciudadano estadounidense por décadas, es semiólogo especialista en literatura, antropología y estudios de español y latinoamericanos, y toda una eminencia en eso del poscolonialismo. Mignolo termina por mantener un discurso bastante inflexible, sólo posible desde la posición de poder que la Universidad de Duke le proporciona. Esos círculos, base del sustento económico de la academia en un ciclo sin fin donde el poder genera capital y el capital poder, están supeditados al mercado global y potencian la relevancia del discurso y, por qué no, su sesgo. Esto degenera en redes laborales que llegan a ser casi mafias. ¿Es justificable? No sabemos si los motivos de su rigidez intelectual son meramente egocentristas y económicos, ni soy quién para juzgarlo. Lo que sí es evidente es que incluso una postura totalmente posicionada nunca es determinista en cuanto a lo que inspiración se refiere, y puede desembocar en corrientes contrarias con una buena base argumentativa. Sin duda una ganancia para todos.

Parte III

Apartándonos un poco de lo anterior, el Prof. Suárez orienta la conversación a la segunda lectura propuesta y que yo había olvidado por completo, The Professor of Micropopularity. En ella se cuenta cómo James Schamus dirige un seminario para una docena de estudiantes en el que aplica, más o menos, la hard fun de la que hablábamos semanas pasadas. Cercano a la idea de la cultura y la escena indie, Anaid nos contaba la aparación de los hipster, algo que al menos en el sur de España llamaríamos jipipollas. Estos hipsters son como los más cool entre lo cool, los más indies entre los indies, los más trendies entre lo trendy. Y ya paro que me da fatiga escribir tantas de estas palabras seguidas. Generalmente jóvenes, son a la cultura y las tendencias lo que los early adopters a la tecnología. Presumen de ideología liberal y hippie pero visten la ropa más cara. Juan los comparaba con Baudelaire y «El pintor de la vida moderna». Yo no creo que ni que estén en el mismo planeta.

Este tal James Schamus alecciona a sus alumnos para generen obras a través de productoras independientes. Pero el cine independiente dista mucho de ser minoritario, quizás sí en su concepción, pero no en su ejecución. Detrás de cada pequeña productora está el dinero y el nombre de una de las grandes que las usan como sucursales de cine y comunicación, como laboratorio de experimentación para preparar los nuevos productos del mainstream con una muy baja inversión. Estos indies, hipsters o lo que sean presumen de la exclusividad, de la novedad, sin pararse a pensar realmente qué significa eso en el mundo consumista. Las modas de hoy, en definitiva, se están convirtiendo cada vez más en sutiles modificaciones de las modas de ayer. Los grandes actores del mercado introducen sutiles variaciones para, supuestamente, ofrecer esa novedad y exclusividad. Recolocan lo viejo en otro contexto cuando ha pasado el tiempo suficiente y ya tienen uno hit para los nuevos consumidores. Lo cool ya no es nada cool. Ahora es mejor ser hipster. Aterrador.

Nos cuenta Frédéric Martel en su libro Mainstream que «los europeos no saben hacer mainstream». La cultura europea, heterogénea, con historia y con raíces muy arraigadas tanto social como históricamente, es muy distinta de la norteamericana. Da la sensación de que en Europa no se ha sucumbido a esa necesidad de sentirse parte de la unidad. Prefieren conservar sus propias identidades. El mainstream llega a todos sitios, es evidente, es capaz de mimetizarse y camuflarse de formas inverosímiles. En Europa ha encontrado su talón de Aquiles. Se ha visto en la necesidad de cambiar, de adaptarse. Si los europeos no consumen de la misma forma, hay que cambiar la forma en la que llegamos a ellos. Europa es un crisol de culturas distintas y disjuntas, si los europeos no somos, como dice Martel, capaces de hacer mainstream, es quizás porque aun no hemos desarrollado los protocolos sociales necesarios para que las culturas se extiendan más allá de cada frontera. Es por ello que, a raíz de lo que Diego comentaba, en lugar de consumir Coca-Cola tomando una hamburguesa en el mall, en España la compramos para almorzar en la tienda de la esquina. Distinto collar, mismo perro.

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